El consumo de cannabis entre adolescentes representa una preocupación creciente para los profesionales de la salud mental y las instituciones educativas. Aunque suele percibirse como una sustancia «blanda» o poco peligrosa, numerosos estudios han evidenciado que su uso en etapas tempranas del neurodesarrollo puede conllevar efectos significativos en el funcionamiento cognitivo, emocional y social de los jóvenes (Volkow et al., 2014).
Efectos del cannabis en el cerebro adolescente
Durante la adolescencia, el cerebro experimenta una serie de transformaciones estructurales y funcionales, especialmente en regiones como la corteza prefrontal y el sistema límbico, responsables del control ejecutivo, la toma de decisiones y la regulación emocional (Lubman, Cheetham & Yücel, 2015). El tetrahidrocannabinol (THC), principal compuesto psicoactivo del cannabis, interactúa con el sistema endocannabinoide, alterando procesos críticos del desarrollo neurológico.
Estudios longitudinales han demostrado que el uso frecuente de cannabis durante la adolescencia se asocia con un menor rendimiento académico, déficit en la memoria de trabajo, alteraciones en la atención sostenida y un mayor riesgo de desarrollar trastornos afectivos y psicóticos (Silins et al., 2014; Meier et al., 2012). Además, el consumo en edades tempranas se relaciona con una mayor probabilidad de desarrollar dependencia en la adultez (Hall & Degenhardt, 2009).
Trastornos de salud mental asociados al consumo reiterado de THC
El consumo reiterado de cannabis, y en particular de su principal componente psicoactivo, el THC, ha sido asociado con múltiples trastornos de salud mental, especialmente cuando se inicia durante la adolescencia.
Psicosis y trastornos del espectro esquizofrénico
Existe consenso en la literatura científica sobre la relación entre el consumo frecuente de cannabis y el aumento del riesgo de desarrollar psicosis. Estudios longitudinales y metaanálisis han encontrado una fuerte asociación entre el uso crónico de cannabis y una mayor probabilidad de desarrollar esquizofrenia o síntomas psicóticos, especialmente en individuos con predisposición genética o antecedentes familiares de trastornos psicóticos (Arseneault et al., 2002; Gage et al., 2016). El riesgo es dosis-dependiente, lo que significa que cuanto mayor es la frecuencia de consumo y la concentración de THC, mayor es el riesgo (Di Forti et al., 2019).
Depresión y ansiedad
Aunque en muchas ocasiones, los usuarios recurren al cannabis para aliviar síntomas de ansiedad o tristeza, la evidencia empírica muestra que su uso habitual puede tener el efecto contrario en algunos consumidores. Estudios longitudinales han demostrado que los adolescentes que consumen cannabis tienen un mayor riesgo de desarrollar síntomas depresivos persistentes y trastornos de ansiedad en la adultez (Gobbi et al., 2019).
Factores de riesgo asociados al consumo en adolescentes
Diversos factores individuales, familiares y contextuales influyen en la probabilidad de iniciar el consumo de cannabis durante la adolescencia. A nivel individual, la impulsividad, la búsqueda de sensaciones nuevas y la baja percepción del riesgo son variables significativas (Connor et al., 2010).
El nivel familiar, la escasa supervisión por parte de los padres o tutores, el consumo de sustancias por parte de estos y la presencia de conflictos interfamiliares incrementan la vulnerabilidad.
Por otro lado, factores sociales como la presión de grupo, la accesibilidad a la sustancia y la normalización del uso en medios de comunicación o redes sociales también juegan un papel importante. En España, según el último informe ESTUDES (2023), el 28,6 % de los estudiantes de 14 a 18 años ha consumido cannabis alguna vez en la vida, lo que posiciona esta sustancia como la droga ilegal más extendida en esta población.
Consecuencias psicosociales del consumo
Además de los efectos neurobiológicos, el uso de cannabis en adolescentes repercute en el ámbito psicosocial. El consumo habitual se asocia con una disminución del compromiso escolar, aumento del ausentismo, conflictos familiares y deterioro en las relaciones interpersonales (Brook et al., 2011).
Asimismo, es importante subrayar el riesgo de transición a otras sustancias, fenómeno conocido como “escalada del consumo”, donde el uso temprano de cannabis puede preceder al consumo de drogas más potentes (Kandel & Kandel, 2015).
Prevención del consumo de cannabis en jóvenes
Las estrategias preventivas eficaces deben ser multicomponentes, combinando intervenciones escolares, familiares y comunitarias. La educación psicoeducativa en el aula, centrada en el desarrollo de habilidades de afrontamiento, toma de decisiones y resistencia a la presión de grupo, ha demostrado ser efectiva (Cuijpers, 2002).
Desde el ámbito familiar, programas basados en el fortalecimiento del vínculo parental, la mejora de la comunicación y la supervisión activa son esenciales para reducir la probabilidad de consumo (Kumpfer & Alvarado, 2003). También es fundamental el papel de los medios de comunicación en la promoción de mensajes preventivos y la desmitificación de creencias erróneas sobre el cannabis.
Además, las políticas públicas deben garantizar la limitación del acceso a la sustancia y una regulación adecuada que evite la banalización de su uso entre menores de edad, a pesar de la legalización en algunos contextos.
Conclusión
El consumo de cannabis en adolescentes representa un desafío complejo que requiere una respuesta interdisciplinar. Sus efectos neuropsicológicos, junto con las consecuencias sociales y académicas, justifican la necesidad de implementar programas preventivos basados en la evidencia científica. La intervención temprana, el acompañamiento familiar y la educación continuada son claves para mitigar los riesgos asociados y promover el desarrollo saludable de los jóvenes.
Bibliografía
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